La leyenda

 

                En el sureste de Italia, en la provincia de Foggia, perteneciente a la famosa región de Puglia, se encuentra el Monte Sant´Angelo. Esta pequeña localidad, de apenas 16.000 habitantes, está ubicada en el monte Gargano, en un privilegiado emplazamiento desde el que se domina una hermosa panorámica. Dicha población se desarrollo en torno al más antiguo santuario de la cristiandad dedicado al arcángel San Miguel que, además, dio lugar a una de las más antiguas peregrinaciones de Occidente.

 

                Su historia es muy bella. En el año 490 un toro se escapó del rebaño de Bélico Emmanuele, señor del monte Gargano. Después de buscarlo durante muchos días, el animal fue encontrado arrodillado ante una cueva. Nada podía acercársele. Una flecha arrojada contra el animal se volvió contra el que la había disparado.

 

                “Los habitantes asustado, fueron a ver al obispo y le preguntaron su opinión sobre una cosa tan extraña. Este ordenó tres días de ayuno y les dijo que le pidieran a Dios la explicación de aquel fenómeno. Después de esto San Miguel se apareció al obispo y le dijo: “Sabed que este hombre ha sido herido con su dardo por voluntad mía; pues yo soy el arcángel San Miguel que, con el designio de habirar en este sitio sobre la tierra y guardarlo seguro, he querido dar a conocer por este signo que soy el guardián de este lugar”. Entonces el obispo acompañado por una multitud de fieles, se dirigió en procesión a la montaña para orar ante la misteriosa cueva pero sin atreverse a entrar en ella, regresando después a la ciudad de Siponto, hoy Manfredonia, situada a la orilla del Mar Adriático.

 

                Años más tarde, ante la guerra declarada a la ciudad por los vecinos de Nápoles, entonces paganos, el Arcángel acude en ayuda de quienes le invocaban como su protector indicándoles el día y la hora en la que conseguirían la victoria. Los habitantes de Manfredonia, agradecidos, creyeron que una acción así justificaba la consagración de la cima del monte Gargano a su defensor. Sin embargo un temor reverencial les impedía entrar en la famosa gruta ante la que tuvo lugar aquel extraño suceso. Fue consultado hasta el propio Papa, y éste respondió: “En verdad no habrá mejor ocasión que ésta, en la que conmemorais la victoria conseguida por el Arcángel para consagrarle una iglesia, pero si es distinta la voluntad de Miguel, esto no lo podemos saber más que, directamente, de él mismo”.

 

                Ante tan prudente consejo los habitantes de la ciudad se dedicaron a la oración y al ayuno y, nuevamente, después de tres días, el Arcángel se apareció y dijo: “No es necesario que consagréis como iglesia la casa que me he construido puesto que ya la he consagrado yo mismo”. Añadiendo, después, que al día siguiente podrían entrar en la gruta el obispo y sus fieles para, justamente allí, orar e invocar su ayuda como patrón especial de la ciudad y comprobar, además, como prueba de la referida consagración milagrosa que, en la parte oriental de la gruta había dejado, grabada en la roca, la impronta de sus pies a modo de una huellas de hombre.

 

                Esta bellisima historia ha hecho que, en aquel lugar, y desde el siglo V, se rinda culto a San Miguel. Hoy allí se alza un bello santuario cuyos orígenes se remontan al siglo VII y en el que aún se conserva una larga galería que conduce a una gruta natural en la que, según la tradición, se apareció el Arcángel.

 

 

Origenes de la Ermita de San Miguel de Martos

 


                Según Manuel López, apoyándose en la documentación que han dejado los Visitadores de la Orden Militar de Calatrava, sobre la Villa de Martos, “una de las primeras ermitas que se construyeron en ella fue la dedicada a la advocación de San Miguel.

 

                No se conoce con exactitud la fecha de su fundación aunque si se han hallado algunas noticias, referentes a su estado, en la segunda y primera mitad, respectivamente, de los siglos XVI y XVII. Para López Molina el templo de San Miguel pudo ser construido en el siglo XIV, “una vez que ya habia llegado a Martos gentes de Castilla y Andalucía a repoblarla y entra las que el culto a San Miguel estaba muy arraigado”.

 

                Según este mismo autor, en el siglo XVI hubo un intento por parte de Miguel Anguita, clérigo y veciono de la Villa de Martos, de derribar la ermita de San Miguel y de trasladarla a otro lugar porque se encontraba en muy mal estado. Ante ello los vecinos y hermanos de la Cofradia de San Miguel apelaron al Real Consejo de las Ordener Militares exponiendo, entre otras razones, que la ermita de San Miguel estaba dedicada a una advocacion muy querida en la Villa y que no se encontraba en tal mal estado como para adptar las medidas previstas. Analizada esta apelación en el citado Real Consejo, el Rey Felipe II ordenó que se celebrara un Cabildo abierto en Martos para que todos los vecionos que quisieran acudieran a expresar su opinión sobre esta situación. Una vez celebrado el Cabildo abierto, la mayoría de los vecinos votaron a favor de que no era necesario derribar esta ermita porque, restaurándola, podía seguir manteniendose en ella el culto a San Miguel.

 

                En el año 1577, siempre según los datos aportados por el Dr. López, Fray Diego de Guzmán y Fray Diego Gallego, visitadores de la Orden Militar de Calatraba, en su inspección a la Villa de Martos, hicieron una visita a la ermita del bienaventurado señor San Miguel, diciendo entre otras cosas las siguientes: “Y visitamos la dicha ermita, la cual tiene un cuerpo, y a la mano derecha, conforme se entra está el altar mayor, en una capilla que tiene una reja de palo y pintado el juicio. Y de frente de la puerta está un altar con un retablo pintado con el bautismo que hizo San Juan a Nuestro Señor Jesucristo.

 

                Y asimismo visitamos la casa del santero, que está junto a la dicha ermita, y es de tres cuerpos. Y para saber si la ermita y la dicha casa del santero tienen necesidad de algunos reparos mandamos a Bartolomé de Bonilla y a Hernando de Baeza, albañiles, para que las viesen, y dijeron que todos los tejados tienen necesidad de echarles cintas y caballetes y retejarlos en algunas partes… “.

 

                Otra importante noticia de la pobre ornamentación del tempo nos la ofrece el ermitaño de la ermita de San Miguel, en una declaración de 1626. Éste pagó 224 reales al pintor granadino Lázaro Carrillo por la realización de trece cuadros destinados a adornar la ermita: Cristo crucificado, la limpia Concepción, San Antonio de Padua, El Ángel de la Guardia …

 

                En dicha declaración también se refieren otras pinturas u objetos existentes en la iglesia. Un fontispicio con Dios Padre, un frontal pintado en lienzo con su bastidor, catorce ángeles, siete dorados y siete plateados, dos pirámides y una cruz.

 

                López Molina, incansable rastreador del protocolo notarial de Martos, ha encontrado asimismo numerosos testamentos de vecinos de Martos, de los siglos XVI y XVII, en los que se puede apreciar el gran predicamento que la advocación y el culto a San Miguel tuvo en Martos. Éste parece no haber decaído con el paso de los años. A ello habrá contribuido, sin duda, el hecho de que junto a su templo tengan lugar, desde tiempo inmemorial, unas sencillas ferias y fiestas, intimamente ligadas a la finalización de las tareas agrícolas que vienen a coincidir con la fecha de su celebración litúrgica, el 29 de septiembre.

 

 

El templo en nuestros días y la imagen de San Miguel y el Cristo de Chircales

 

 

                Las últimas noticias sobre el templo nos llegan de los aciagos años treinta y cuarenta del siglo pasado. Durante las dolorosos años de nuestra incivil guerra, el templo fue usado como cárcel y, como es lógico, sufrió numerosos desperfectos. Su reconstrucción se llevó a cabo por Doña Lidia Graciano, la cual construyó asimismo la capilla funeraria, aún hoy existente en penosa situación, a los pies del templo, en donde inhumó los restos de sus antepasados que, hasta entonces, se encontraban en el Cementerio Municipal.

 

                De los bienes muebles del templo sólo se salvó la imagen de San Miguel aunque en pésimas condiciones. De su restauración se hico cargo Doña Antonia Chamorro, muy devota del santo por ser, según sus palabras, “su vecino”, dado que era la propietaria de no de los molinos de aceite situados en El Llanete. Ella costeó no sólo la reparación de la imagen sino también los adornos, en plata, que realzaban la figura del Arcángel: corona, espada y balanza. Éstos, como es conocido, fueron objeto de un sacrílego robo en los años sesenta. Pero volvamos a los cuarenta. La imagen fue llevada a un taller de escultura de Granada. Según el testimonio oral de Doña Angelita Chamorro, su padre se hizo cargo del transporte. Ante la extrañeza del “bulto” que fue llevado a fracturar envuelto en un lienzo, fue revisado su contenido y, al comprobar que se trataba de una imagen, se le preparó sobre la marcha, ante la imposibilidad de confeccionar un embalaje de madera, un nuevo envoltorio en cartón.

 

                De fechas posteriores sólo nos quedan anécdotas o noticias aisladas de la imagen de San Miguel. Ésta, imagino que por agradecimiento a la familia Caballero Chamorro que la restauró, permaneció en su casa varios días y presidio el altar que se instaló en ella con motivo del matrimonio de una de las hijas de Doña Antonia, en concreto Teresa Caballero Chamorro.

 

                Hay también alguna referencia oral de que la imagen estuvo expuesta al culto durante largo tiempo —imagino que correspondería al que se empleó en restaurar su templo—, en la desaparecida Iglesia de San Francisco.

 

                Una vez terminadas las obras de su ermita, la imagen volvería a ella, acompañándole en su retorno un cuadro del Santo Cristo de Chircales que también se encontraba en dicha Iglesia de la Fuente Nueva. Esta pintura, copia del original del siglo XVI que se encuentra en el famoso sitio de Valdepeñas de Jaén, junto con la imagen de San Miguel, son las dos únicas obras de cierta antigüedad y valor artístico que hoy podemos encontrar en la ermita de El Llanete. Una y otra han sido objeto, en los últimos meses, de varios exámenes visuales por parte de expertos restauradores y profesores de Historia del Arte de Jaén, Córdoba y Granada. Todos han coincidido en sus conclusiones. La talla de San Miguel es una obra de finales del siglo XVII o comienzos del XVIII que, pesea su “rústica” factura, debería ser objeto de una profunda restauración que supusiera la eliminación de algunos añadidos inapropiados y la recuperacion de su forma y pintura originales.

 

                Sorprendentemente también el óleo del Cristo de Chircales ha sido objeto de un juicio favorable. Como es bien sabido, el cuadro original no es una excelente obra, sino que, por el contrario, adolece, por ejemplo, de un dibujo de baja calidad. Pues bien, partiendo de estas premisas, insalvables cuando estamos hablando de una copia que ha querido ser fiel al original, nos encontramos con un lienzo que ha sido calificado de excelente, aun cuando precise también una adecuada restauración que lo limbie debidamente y que suponga la reparación de algunos desperfectos sufridos, así como la colocación de un nuevo bastidor más firme. Por tanto, demos un sitio preferente, entre nuestro mermado patrimonio artístico, a estas piezas y olvidémonos, de una vez para siempre, de la baja estima y valoración, artísticos se entiende, de los que han sido objeto hasta hoy.

 

                Precisamente sobre la arraigada devoción en Martos, en tiempos pasados, al Cristo de Chircales habría mucho que decir, quedan “emplazados” los amantes de la historia de nuestro pueblo. Ahora únicamente cabría apuntar como su propietario originario a D. Antonio de la Torre Arias “Palojo”, personaje del que se ocupo nuestro cronista, Miguel Calvo Morillo. El cuadro debía encontrarse originariamente en la capilla de su Casa-Palacio sita en la calle Campiña. Con posterioridad fue trasladado al Panteón de su familia en el Cementerio Municipal para, finalmente, ser expuesto a la veneración en San Francisco, de donde, como hemos dicho, pasó a la Iglesia de San Miguel.

 

 

Descripción de la Ermita

 

                Seguimos en este punto las palabras de Ana Cabello:

 

                “Se trata de una ermita sencilla, sin demasiados aderezos ni bienes religiosos significativos. El exterior, envuelto en la blancura de la cal, permite distinguir en su cubierta los dis volúmenes correspondientes al presbiterio, elevado en altura, a cuatro aguas, y en un nivel inferior la cubierta de la nave, a dos aguas, ambos utilizando teja árabe. La fachada se centra por la puerta de entrada, de madera claveteada, recercada por una portada de piedra con arco rebajado, con la clave resaltada, y una ventana a cada lado también recercadas de piedra. En eje con la puerta aparece una espadaña con campana. Otros huecos se abren desde el presbiterio: un ojo de buey con moldura de piedra y una ventana sin recercar.

 

                El interior presenta una sola nave de cubierta adintelada, separada simbólicamente, por dos barandas, del espacio principal que es el presbiterio, el cual, a su vez, se eleva ligeramente y se cubre con cúpula sobre pechinas decoradas con los atributos del escudo de Martos; asimismo se completa con coro en alto, a los pies, y capilla funeraria bajo el coro a la que se accede por una bella puerta de hierro fechada en 1903″.

 

 

Su ubicación en el Llanete
 

                Empecemos por el principio. Sólo la ubicación de la iglesia en el llamado Llanete tiene ya unos antiquisimos referentes. El Llanete, como indica el Padre Recio, es la explanada en la que culmina un cerro, adosado a la falda occidental de la Peña y llamado por Villalta “cerro Real”. En la actualidad, como sabemos, “esta comprendido entre las calles Carrera, Campiña y La Teja, y surcadopor otras siete de las que destacaríamos los nombres de Jamila y Pilarejo o San Sebastián que recuerdan, la primera, el regajo que recogía los residuos de las almazaras del Molino del Rey y del Cristo de la Teja, y la segunda, en un primer tiempo, la existencia de una ermita dedicada a dicho santo y, posteriormente, a un ya desaparecido pilón o fuente.

 

                Este cerro, como ya puso de manifiesto Villalta en 1579, tiene una gran importancia arqueológica, y buena muestra de ello es que en él se encontró el sarcófago paleocristiano —hoy en depósito, en el Museo Provincial—, la famosa ménsula ibérica y otros restos de gran interés, como la inscripción, perteneciente a un baptisterio, expuesta hoy en la Colección Arqueológica del Colegio de San Antonio.

 

(Extraído de un artículo de D. José Cuesta)