Orígenes de la Parroquia

 

 

Rvdo. D. Francisco Pérez Pinel
Primer párroco de la Asunción (1970 – 1985)

 

                  El día 8 de septiembre de 1970 el prelado de la Diócesis, mons. Romero Mengíbar, elegido para la Archidiócesis de Valladolid, firmaba doce nombramientos entre los sacerdotes diocesanos. Eran destinados para la ciudad de Martos un capellán al Santuario de Nuestra Señora de la Villa y el nuevo párroco de la Asunción.

 

                  Había sido decretada la división de la anterior parroquia de Santa María de la Villa, creándose la Parroquia de San Antonio, reestructurando los límites parroquiales de la ciudad y ubicado en “el lugar denominado Cruz del Lloro, el nuevo templo parroquial de la feligresía de Santa María con el título de la Asunción, reservando el anterior de Santa María de la Villa a la anticue iglesia parroquial que quedará, dentro de los límites de la Parroquia de Santa Marta, como santuario de la Excelsa Señora en su advocación de la Villa”. (B.E.J., 315, p. 283).

 

                  Aquel templo que surgiera en el solar de una antigua mezquita, gracias al fervor de Fernando III, quien dedicaba uno de los lugares sagrados de los moros a la Santísima Virgen, en el misterio de la Asunción, sirvió como iglesia de la comunidad parroquial de Santa María por mucho tiempo. Cuando la población se centraba en la falda de la Peña, los templo de Santa Marta y Santa María servía muy bien a las comunidades cristianas, cuyas casas trepaban a las alturas y donde los marteños vivieron la seguridad y la bella panorámica de sus cercanías.

 

                  Descendió la ciudad hacia la zona llamada Fuente de la Villa, donde se asentaron las familias nobles del s. XVII, y surgiría la Parroquia de Santa Ana y San Amador, que fr. Juan Lendínez, en su Historia de Augusta Gemella afirma ser iglesia parroquial en el 1778.

 

                  Prosigue la vida y los marteños van buscando los llanos, que en otro tiempo fueran lugar de villas romanas o casas de veraneo, por la abundancia de agua, según los mosaicos encontrados.

 

                  Los fieles cristianos se ven muy distantes de su parroquia y se repetirá lo que sucedió en el pueblo de Dios: Cuando los judíos caminaron por el desierto, también Dios caminó con ellos. En un santuario portátil, en una tienda vive el Señor con ellos: “Yo en persona caminaré para llevarte al descanso” (Ex 33,14). El que tenía que consultar a Yahveh salía hacia la tienda del encuentro plantada por Moisés a cierta distancia, fuera del campamento.

 

                  Llegaron a la tierra prometida y David piensa en edificar un templo al Señor. Él se resiste, diciéndole por medio del profeta Natán: “En todo el tiempo que he caminado entre todos los hijos de Israel ¿he dicho acaso a uno de los jueces… por qué no me edificáis una casa de cedro?… Cuando tus días se hayan cumplido… afirmaré, después de ti, la descendencia… y consolidaré el trono de su realeza. Él construirá una casa en mi nombre” (2 Sam 7,7-13). Dios quiere recordarnos que permaneceremos en un éxodo continuado a la Casa del Padre; que el auténtico templo de Dios es Cristo y, por añadidura, también nosotros. Sin embargo, la tienda del desierto se va a hacer templo en Jerusalén y, por lo mismo, una nueva era acaba de empezar para Israel y una casa permanente les espera.

 

                  El Señor, que ha arropado a la comunidad cristiana de Santa María en el templo de la Virgen de la Villa, va a instalarse con sus fieles más cercano a sus propias viviendas y va a comenzar una nueva etapa histórica, poniendo su tienda entre ellos. Allá quedará el Santuario de la Madre como la casa solariega de los antepasados, pero la familia de los bautizados de ahora tiene que levantar su morada al Señor muy cerca de ellos. Crecerá tanto esta familia que, a los dieciséis años, se “aconseja la creación de una nueva Parroquia… de S. Juan de Dios, desmembrando su territorio, en su totalidad, de la Parroquia de la Asunción” (Boletín Eclesiástico de Enero de 1986).

 

                  Con mis treinta y siete años de edad y con la insuficiente experiencia de once años de sacerdote, dejaba la comunidad parroquial de S. Vicente Mártir, en un bello templo que se mira en el Guadalquivir y me dirigía a las tierras marteñas, cubiertas de inmensos campos de olivares. Ahora recuerdo mis vivencias de entonces, bellamente expresadas por un poeta marteño:

 

“Peregrino de la vida,
no dejes nunca de andar
por tu ruta peregrina,
ni pienses si has de llegar
por un camino de espinas
a la orilla de la mar…


Piensa tan solo en la barca
en que te habrás de embarcar,
peregrino de la vida.

La barca te llevará
cuando te falten los remos
la vela y la voluntad. ”

 

(Manuel Chamorro:”A través de las frondas” pag.67)

 

                  Mi fe en Dios, auténtica barca de mi vida; mi esperanza en unos nuevos feligreses y la mirada de la Virgen hicieron realidad un templo y una comunidad unida. Ahora sigo caminando y recordando: “no dejes nunca de andar… ”

 

                  Me acerqué a la ciudad de la Peña con los mismos sentimientos de nuestro poeta, plasmados en su obra “Haciendo Veredas”:

 

 “Me acerco a ti, perdido y deslumbrado
en el espacio azul de mi esperanza.
!Martos, Martos, amor de roca viva,
de fronda espesa, de olivar en calma… !


Me cansaré de andar por tus caminos
de polvo blanco entre olivar de plata…
Se llenaran mis ojos de tu imagen
despierta cada día en mi ventana…

 

                  En un cuatro de Octubre del año setenta llegaba a una pequeña Iglesia de la plaza de “Los Caídos”, donde una imagen de S. Miguel, unos muros cargados de humedad y una campana volteando nos convocó a la primera misa. Aquella ermita no aguantó el peso que caía sobre ella, el ser una parroquia incipiente, y saltaron los plomos y acabamos la misa a la luz de dos velas.

 

                  Pobres, en todos los sentidos, como en Belén, comenzamos los primeros días de la Comunidad. Siempre recordaremos aquellas misas mañaneras de mucho fervor pero con mucho frío, pues nuestra estufa de leña lo más que hacía era hacernos llorar por el humo que desprendía.

 

                  En una sacristía, enterrada por el desnivel, y en unas camarillas, que hacían de salón parroquial, muchas eran las veces en que, por estar tan próximos a las tejas y ser muchos los feligreses, ventilados únicamente por una pequeña apertura, llegó a merecer el nombre de: “Cámara de gas”. Allí se tenía la catequesis, el despacho parroquial, las reuniones de matrimonios y cuanto una parroquia podía desear. Allí se formó la comisión “pro templo” que empezó, con mucho ardor, a trabajar por su objetivo. Gracias a la generosidad del Excmo. Ayuntamiento, que nos ofreció cuanto solar quisimos; gracias al apoyo económico del Obispado y al esfuerzo de todos, cuatro años después se consagraba el altar de la nueva Iglesia en un caluroso quince de Agosto. Todos, empezando por nuestro recordado D. Miguel y terminando por esas calladas mujeres, que tanto limpiaron y que siguen haciendo, rebosábamos de gozo. Hemos construido la casa del Señor.

 

                  Iba pasando el tiempo y se tenían que continuar adquiriendo otras muchas cosas que necesitaba la nueva parroquia. Surgió, por la generosidad callada de los feligreses, un gran salón parroquial; después se hizo la primera planta, que sus servicios prestaba a la catequesis y a reuniones de formación; pensando en el párroco de todos los tiempos se hizo la vivienda para el mismo; se adecentó la entrada con unos jardines, que servirán para tener un poco asegurados a los niños…

 

                  Pero mucho más efectiva que la obra material se comenzó a crear la familia parroquial, surgida de los distintos feligreses, que iban llegando de otras parroquias, cargados con la nostalgia de sus tradiciones locales. Intentamos no desarraigados violentamente y por eso nos congregábamos todas las comunidades parroquiales en la casa de la Madre para celebrar la única Vigilia Pascual u otros actos semejantes.

 

                  Así viví mi tarea por el tiempo de quince años, hasta que, el verano del ochenta y cinco, inicié otra peregrinación a otra parroquia de Santa María, en el vecino pueblo de Alcaudete. Los que me acompañaron me dejaron una placa donde estaba una medalla de la Virgen de la Villa, un escudo de la ciudad de Martos y esta frase que recordaré siempre:

 

“Al final de mis quince años en Martos
mi comunidad me ha preguntado: ¿Has amado?
y yo no respondí nada.
Abrí mis manos vacías
y el corazón lleno de nombres.”

 

                  No sé quién es el autor de esa frase, pero creo que define mi tiempo en Martos. “El corazón lleno de nombres y unas manos vacías”, hasta lo que más me une en la vida: la familia, los padres que allí están enterrados y los únicos que viven, están en Martos.

 

                  Quisiera terminar estas líneas manifestando mi deseo que tan bellamente dice nuestro poeta:

 

“Me dormiré tranquilo en tu regazo
hasta que quiera desvelarme el alba
y esperaré a mi Dios en tus alturas
contrito de rencor, lleno de gracia…


He de decirte
que en ií se terminó mi caminata…
mis pasos que se hundieron en tus tumbas
y hollaron el sangrar de tu alborada
para trazar veredas siempre azules
por campos de verdad, como Dios manda ”

(“Haciendo veredas”, pago 134 )

 

 

Una comunidad en camino…

 

 

Rvdo. D. Manuel Peña Garrido
Segundo párroco de la Asunción (1985 – 1989)

                  “Cantaré eternamente el amor del Señor” (Salmo 88)

 

                  Era ya sacerdote maduro en años cuando recibí el encargo de ejercer el ministerio sacerdotal en la Parroquia de la Asunción de Martos. Siempre el Señor me ha regalado su amor, manifestado en muchos acontecimientos, ahora pienso que haber sido sacerdote en la Asunción fue una gracia, un gran don de Dios.

 

                  Fui recibido por sacerdotes amigos, con quienes compartí un trabajo pastoral ilusionado, el ocio y los bienes materiales. La tarea apostólica fue totalmente compartida y viví una fraternidad sin barreras: proyectos pastorales comunes, realizaciones con unidad, superación de parroquialismos, disponibilidad para la suplencia, sin fronteras. Recuerdo el trabajo común con los jóvenes, las celebraciones del Via-Crucis y la Vigilia Pascual en el Santuario de la Virgen de la Villa; el encuentro festivo con los jóvenes de las otras parroquias, después de la participación en la misa de media noche en Navidad en la propia Parroquia; la predicación compartida en los cultos de Cuaresma y Fiestas Patronales; los cursillos para catequistas y prematrimoniales interparroquiales; el intercambio en las celebraciones diarias de la Eucaristía; la organización del descanso en el verano era detallada para que el culto y la actividad parroquial estuvieran atendidos en estos meses …

 

                  Siempre he amado la fraternidad sacerdotal y ser párroco en la Asunción me hizo saborear esta fraternidad, que agradezco a los compañeros sacerdotes:

 

                  Esteban Olmo, José Antonio Maroto, Eduardo Moya, P. Dionisio, P. Pedro y P. Caballero.

 

                  Tres años y diez meses fue el tiempo que se me confió el servicio a la Parroquia de la Asunción. Si en ese tiempo disfruté por la fraternidad entre los sacerdotes, también fue aquí, en esta Parroquia, donde comencé a escuchar con fuerza y orgullo la palabra “Comunidad”. “Mi Comunidad de la Asunción”, “soy de la Comunidad de la Asunción”. Parroquia-Comunidad.

 

                  ”Hay que trabajar para que florezca el sentido comunitario parroquial, sobre todo, en la celebración común de la Misa dominical” (Concilio Vat. II.; Sacr. Conc. 42)

 

                  Detectar que entre los feligreses se hablaba sobre “Comunidad” me hizo pensar en la madurez cristiana y eclesial de sus miembros. Y pronto lo experimenté, ya que la vida parroquial marchaba con renovada ilusión. La labor pastoral de mi antecesor, D. Francisco Pérez Pinel, daba su fruto, habían aprendido la lección: trabajar por el Reino, el Pastor es Cristo, somos comunidad. Así me impactó escuchar una frase definitoria de una Parroquia en buen camino: “Cambiamos de Párroco, pero ganamos un amigo”.

 

                  Tenía claras las palabras del Concilio: “el deber del pastor no se limita a cuidar sólo individualmente de los fieles, sino que se extiende también propiamente a formar una genuina comunidad cristiana” (P. O. 6)

 

                  Mi meta es ser fiel a la voluntad de Jesús, que a sus seguidores nos quiere formando comunidad. Ser cristiano es comunión, es comunidad. Quise consolidar lo hecho, que la Parroquia avanzara por este camino y las acciones nacían, se desarrollaban y concluían desde estos supuestos básicos: el desarrollo del sentido comunitario.

 

                  Al recordar los días en la Asunción es una gozada revivir mi relación con el rico plantel de catequistas y la asidua presencia de tantos niños, adolescentes y jóvenes en la catequesis. Aún hoy produce en mí un sentimiento de alegría grande traer a la memoria las celebraciones de la misa del domingo, con la participación activa: cantos, moniciones, peticiones y acción de gracias. ¡Cuánta ilusión ponían los catequistas en preparar estas eucaristías! Hoy brotan en mí sentimientos de acción de gracias al contemplar que los niños de antaño son los jóvenes que perseveran en la Parroquia.

 

                  Cuántos recuerdos de las convivencias con jóvenes en Chipiona, de las cenas de confraternidad al final de año, mereciendo reseña destacada la novena y Fiesta a la Asunción. Esta celebración para mí era de una destacada vivencia, con su momento festivo-lúdico en el campo. En el año 1987 quiso el azar que la novena coincidiera con el arreglo del tejado y estuviera el templo al descubierto. Los jóvenes limpiaron el templo en obras y, contemplados por la luna y las estrellas, en noche de verano, celebrábamos la Eucaristía que nos supo a miel. Aún hoy el recuerdo me emociona hasta exclamar con el salmista:

 

                  “Qué agradable y delicioso que vivan unidos los hermanos! Es como ungüento… , como rocío… Allí envía el Señor la bendición, la vida para siempre” (Salmo 133)

 

                  Un Hecho a resaltar de esta época fue la creación de la Parroquia de S. Juan de Dios. Se hacía demasiado grande la Asunción y era necesaria una nueva comunidad parroquial en la zona de crecimiento de Martos. Aquí mis sentimientos quedarían reflejados con el texto evangélico:

 

                  “Cuando un mujer va a dar luz, siente tristeza, porque le ha llegado la hora,’ pero cuando el niño ha nacido, su alegría le hace olvidar el sufrimiento pasado y está contenta por haber traído un niño al mundo” (Jn. 16,21)

 

                  La Parroquia de S. Juan de Dios es hija de la Asunción, su nacimiento y primeros pasos fueron seguidos verdaderamente emocionados y en expectación, sabíamos que era un gran pastor al que habían encomendado su puesta en marcha y con él colaboraba un grupo entusiasmado y con sentido responsable de su labor. Hoy ha cubierto unas duras etapas, pero los resultados son ejemplares y merecen un gran aplauso.

 

                  Un tiempo breve compartí la tarea pastoral de la Asunción con un joven sacerdote, D. Manuel Cámara Valenzuela, muy bien formado, de una profunda espiritualidad; dejó su huella en mí y en la Parroquia. También esto es motivo de acción de gracias al Señor.

 

                  Cuando en junio de 1.989 habíamos programado la actividad para el curso 89/90, cuando un proyecto ilusionado comenzaba su período de reflexión y de distribución entre los fieles de la Parroquia para que los miembros de la comunidad se incorporaran en las diversas tareas pastorales, el Sr. Obispo me encomendaba una nueva tarea, la formación de los futuros sacerdotes en el Seminario.

 

                  Hoy cuando ya se celebra el 25 aniversario de esta entrañable y querida comunidad, me siento muy feliz por haber sido un tiempo su pastor. Felicito a mi gran amigo D. Cristóbal Jiménez Cobo, Párroco actual, y a toda la Comunidad Parroquial, pidiendo que esta efemérides consolide lo realizado y os lance hacia el futuro del nuevo siglo con el reto de hacer de la Parroquia “el lugar de la comunión de los creyentes y, a la vez, signo e instrumento de la común vocación a la comunión; en una palabra, ser la casa abierta a todos” y al servicio de todos, o, como prefería llamarla el Papa Juan XXIII, ser “la fuente de la aldea, a la que todos acuden para calmar su sed” (Christi-fideles laici 27) .

 

 

Una comunidad que evangeliza…

 

Rvdo. D. José Lomas Maya
Tercer párroco de la Asunción (1989-1991)

 

                  Con esta sencilla aportación para la revista parroquial quiero unirme con gozo y alegría a la celebración del XXV ANIVERSARIO de nuestra querida y siempre recordada Parroquia de la Asunción.

 

                  A lo largo de los dos años que estuve como párroco no tuve mucho tiempo para poder observar los procesos pastorales vividos en la Parroquia, pero si quiero expresar y compartir con todos vosotros la experiencia que puposo para mi la estancia en la Parroquia de la Asunción, y en Martos, exponiéndola en los siguientes puntos de reflexión:

 

                  Observo un gran esfuerzo, muy generalizado, por parte de todos, por ir haciendo de la Parroquia una comunidad más auténtica y más participativa. Los seglares se van incorporando a las tareas de la comunidad cristiana y prestan sus servicios de forma responsable en las tareas fundamentales de la Parroquia referentes a la Palabra, Liturgia y Caridad.

 

                  Un aspecto muy positivo que observé en la Parroquia fue la actitud de superar el personalismo por parte de los miembros de la Parroquia con respecto a los sacerdotes anteriores; esto supuso el trabajo en equipo avanzando en la dirección iniciada y continuada por los anteriores párrocos, que no perdieron el contacto con la Parroquia. Para mi fue una gran satisfacción al ir a administrar el sacramente de la Confirmación, a petición de los jóvenes confirmados, vernos los cuatro párrocos que ha tenido la Parroquia desde su creación. Es signo de madurez de los seglares que dan pasos importantes en superar el protagonismo y pasar a una actitud de servicio en la comunidad parroquial.

 

                  Para mí es gozoso ver cómo los sacerdotes pasamos por la Parroquia pero el Consejo Parroquial, catequistas, grupos de jóvenes, matrimonios, etc., permanecen en su misión evangelizadora, trabajando por que la Parroquia sea más misionera, descubriendo cada día su vocación precisa en esta sociedad que se va alejando de la fe.

 

                  Por último, constaté cómo se iba desarrollando poco a poco un estilo de una Parroquia acogedora donde la gente más alejada se sintiera como en su casa. Recuerdo con satisfacción la primera presencia de inmigrantes magrebíes en Martos, cómo por medio del grupo de Cáritas parroquial se sensibilizó al barrio, a la gente, para acogerlos, buscándoles vivienda, trabajo, etc. Se acogieron en la parroquia y ellos encontraban no sólo solución a sus problemas, sino calor humano, salón, aseso, ropa, etc. Todo ello nos evangelizó a nosotros un poco más; nos ayudaba a ser más consecuentes con nuestra fe en la solidaridad con los más desfavorecidos.

 

                  Yo pediría, para terminar, que la Parroquia de la Asunción, tan querida por mí, fortalecida por la presencia del Espíritu, sepa proponer y promover a todas las personas que la integran no solo practicas religiosas, murales y caritativas sino compromisos y acciones que tiendan a anunciar y hacer presente la fuerza del Evangelio en el mundo. Que esté siempre abierta a las preocupaciones y problemas de los hombres y sea dócil a la llamada del Espíritu para que siempre esté dispuesta a llevar a cabo la Nueva evangelización.

 

                  Con el deseo de vernos en los actos que se lleven a cabo en la Parroquia os mando a todos un fuerte abrazo.

 

 

 

La parroquia a los XXV años

 

Rvdo. D. Cristóbal Jiménez Cobo
Cuarto párroco de la Asunción (1991 – 2007)

 

                  Cada año con motivo de la fiesta de la titular de nuestra Parroquia, Nuestra Señora de la Asunción, hemos publicado unos pequeños apuntes a los que nosotros, tal vez por la ilusión con la que los preparamos, pomposamente llamamos “revista”. Se trata de un simple instrumento o vehiculo de nuestra necesidad de comunicarnos, de transmitir lo que había sido la vida de la Parroquia a lo largo del año y lo que se podía hacer de cara al futuro. Todo ello con el sano deseo de que fuera creciendo en la comunidad parroquial e conocimiento de lo que somos y hacemos y, a través del conocimiento, surgieran lazos de unión más estrechos y vinculaciones más responsables.

 

                  Este año nuestra “revistilla” se viste de gala. No podía ser de otro modo. Hasta ella ha llegado también el gozo de la celebración del XXV ANIVERSARIO de la erección canónica de nuestra Parroquia. La alegría, como tantos otros sentimientos, no es plena si no se transmite; necesita abrirse, darse. Por eso, una vez más, estas páginas quieren ser vehículo no solo de comunicación entre todos nosotros, sino también de la alegría que sentimos.

 

                  En esta ocasión, en honor de efemérides tan entrañables, nuestra publicación ha engrosado. ¡Queremos recordad tantas cosas…!.

 

                  En ella encontrareis testimonios gozosos y agradecidos de los estupendos sacerdotes, tan recordados y apreciados por todos, que han ido conformando las señas de identidad de esta parcela del pueblo de Dios. Para todos ellos nuestros sentimientos de gratitud más sinceros.

 

                  No podía faltar una sucinta reseña de estos 25 años acentuando aquellos acontecimientos más significativos que han ido jalonando nuestra, todavía breve, historia. Y también, una evocación de aquellas personas que, por su especial entrega y vinculación a la Parroquia, han dejado su huella y un recuerdo vivo en todos. Además estadísticas, curiosidades, recuerdos gráficos… Esto es lo que os ofrecemos en éstas páginas.

 

                  Creo que todos en especial los que vieron poner la primera piedra y han seguido paso a paso, año a año, la vida de la Parroquia, vais a disfrutar con ella y la vais a guardar en el rinconcillo de las cosas más queridas.

 

                  Pero la vida no es solo historia, sino que, ante todo, es presente y es futuro. Anclarnos en el pasado, por muy fecundo u glorioso que haya sido, sería renunciar a un horizonte nuevo, a nuevas tareas que se nos ofrecen con posibilidades insospechadas. Lo importante es apoyarnos en la búsqueda para diseñar un futuro de esperanza. La esperanza está ahí. Nos rodea, nos empuja, tiene que ilusionarnos. Al final lo que cuenta es la pasión de hacer, la decisión de conseguir aquello que se quiere.

 

                  Nuestra Parroquia tiene que seguir creciendo, tiene una larga andadura por delante. ¿En qué dirección?, ¿hacia qué metas debe apuntar?. El Magisterio de la Iglesia nos lo señala: “La Parroquia tiene una misión indispensable y de gran actualidad; a ella corresponde crear la primera comunidad del pueblo cristiano; iniciar y congregar al pueblo en la normal expresión de la vida litúrgica; conservar y reavivar la fe en la gente de hoy; suministrarle la doctrina salvadora de Cristo practicar en el sentimiento y en las obras la caridad sencilla de las obras buenas y fraternas” (ch, F. L, nº 26).

 

                  Ahí tenemos señalada nuestra orientación, marcado nuestro camino. Un camino que todos juntos hemos de ir recorriendo con la ayuda del Señor y con la participación y buena voluntad del mayor número posible de seglares.

 

                  La celebración del XXV ANIVERSARIO, como decimos en nuestra carta a las familias de la Parroquia, tiene que ayudarnos a unos a seguir en la brecha con espíritu renovado, a otros a recuperar el entusiasmo tal vez un poco apagado, y a todos a aglutinarnos como comunidad que evangeliza y que se deja evangelizar.

 

                  Todos hemos de ser buenos transmisores del Mensaje, volvernos transparentes, para que pueda verse detrás de nosotros al Dios escondido que llevamos dentro. Repartir sin tacañerías lo que somos y tenemos, “seguros de que la pequeña llama de una cerilla puede hacer un gran fuego. No porque la cerilla sea importante, sino porque la llama es infinita” (M. Descalzo).

 

                  María fue la que mejor recibió la Palabra. La escuchó y la aceptó hasta tal punto que en Ella la Palabra se hizo Carne. Y Ella la dio al mundo. Cada uno de nosotros tenemos exactamente la misma misión de María: dar a Dios, al mundo, hacer que Dios viva en el mundo, procurar que Dios esté de nuevo presente y vivo en el mundo.

 

                  Ella “que ha sido glorificada en los cielos en cuerpo y alma… antecede con su luz al pueblo de Dios peregrinante, como signo de esperanza segura y de consuelo” (L. G. nº 68).

 

Ella, la de la fe ciega en Dios y en sus decisiones,
la que estuvo abierta a Dios a pesar de las tinieblas,
la que vivió siempre entre misterios y se fió de Dios sin un titubeo,
la que fue rebelde a las exigencias del mundo pero sumisa a Dios,
la que encontró en el servicio a Dios y al prójimo la razón de su existir,
la que fue premiada, engrandecida en su Asunción a los cielos.

 

                 Ella, Nuestra Señora de la Asunción, es nuestro modelo, nuestra guía, nuestro aliento, la que marca la ruta de nuestro presente y de nuestro futuro.

                  “Ella, la Madre del amor hermoso, —como ha escrito recientemente el Papa Juan Pablo II en su Carta Apostólica como preparación del Jubileo del año 2.000— será para los cristianos que se encaminan hacia el Gran Jubileo del tercer milenio la Estrella que guía con seguridad sus pasos al encuentro del Señor. La humilde muchacha de Nazaret, que hace 2000 años ofreció al mundo el Verbo encarnado, oriente hoy a la humanidad hacia Aquél que es la luz verdadera, aquella que ilumina a todo hombre” (T. M. A., nº 59).