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Solemnidad del Corpus Christi

Publicado el 21 junio 2014

Jesús en la custodiaCelebramos hoy, queridos hermanos, la Solemnidad del Corpus Christi. El próximo domingo tendremos en nuestra parroquia el Corpus Chico. Hoy es uno de esos días que relucen más que el sol, porque el pueblo cristiano se dispone a contemplar en las iglesias y en las calles uno de los misterios más bellos de nuestro Dios-Amor. Corpus Christi es la celebración de la sobreabundancia del Amor de Dios que ha querido hacerse PANpara saciar nuestra hambre, y VINO para alegrar nuestro corazón. Cristo viene en cada eucaristía a eso: a alimentarnos y a alegrarnos, a dar sentido a nuestra vida uniéndonos, por la comunión a su propia vida. Hoy contemplamos además el misterio de la PRESENCIA REAL de Cristo en la eucaristía, la presencia de Cristo en cada sagrario para que lo contemplemos y nos acerquemos a él en la oración. Desgraciadamente, tenemos que reconocer que en Martos, esta Solemnidad es flojita para lo que debiéramos esperar y se necesita una muy seria reforma de la misma, tal y como he expresado públicamente en otras ocasiones.

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Todo comenzó en la noche santa del Jueves santo cuando el Señor reunió a los suyos, poco antes de su muerte para dejarles su testamento de amor. Dice el evangelio: “él que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (hasta el fin) (Jn 13,1); y Pablo añade: “Me amó y se entregó por mí” (Gál 2,20).

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Como signo de todo eso el Señor dejó a los suyos el signo sacramental de la eucaristía que cada día la Iglesia celebra en agradecimiento a Dios por todos sus dones, siguiendo el mandato del Señor aquella noche. Así lo narra san Pablo años más tarde fijándose en la práctica habitual de sus comunidades cristianas:

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“Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada en mi sangre; haced esto, cada vez que lo bebáis, en memoria mía». (1 Cor 11,23-25).

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Desde siempre la celebración de la eucaristía ha sido el centro de la vida cristiana, el momento cumbre para el encuentro con el Señor.

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La actitud y los gestos de Jesús muestran bien a las claras que él sabe a dónde va. Quiere cumplir la voluntad del Padre. El siervo está a punto para el sacrificio. Según nos narran los evangelios, Jesús se atuvo al ritual preceptuado por la Pascua judía en la última cena. Pero al realizarlo introdujo una novedad importante: El pan y el vino que compartían sería el signo de su presencia. La acción de Jesús cambiaba profundamente el significado de la cena pascual. El rito judío alcanzaba con ella su plenitud y daba paso a un nuevo régimen de relaciones entre Dios y los hombres. Para nosotros, la cena del Señor es recuerdo vivo de aquella última celebrada por Jesús en la tierra, en la que instituyó el sacramento de la eucaristía, por el cual da a comer a los suyos su cuerpo y su sangre, entregados en sacrificio para la redención de los hombres.

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En sus veinte siglos de existencia, jamás la Iglesia ha dejado de celebrar la eucaristía. La eucaristía es la vida de la Iglesia. “La eucaristía hace a la Iglesia, y la Iglesia hace la eucaristía” en la feliz expresión conciliar, o como dijo san Juan Pablo II en su última encíclica: “La Iglesia vive de la Eucaristía”. En la eucaristía se nos hace realmente presente el Señor bajo las especies de pan y vino, porque quiere compartir nuestra vida, nuestros gozos y también nuestras penas, pero lo que es más importante quiere compartir su vida con nosotros, quiere dársenos, regalarse a nosotros. La eucaristía es el sacramento del amor, porque recuerda el mayor amor que jamás haya podido darse entre los hombres: la entrega definitiva de Jesús por nosotros. “Tibi post haec, fili mi, ultra quid faciam?” (Después de esto, hijo mío, que más puedo hacer por ti). ¡Nada, Señor, ya lo has hecho todo por nosotros!. El sacrificio de la cruz, cuyo memorial, recuerdo y presencia, hacemos en el sacrificio de la eucaristía es el cenit de la obra salvadora de Dios. Ninguna oración, ningún sacrificio, ninguna actitud religiosa puede compararse al gesto de Cristo, entregado en amorosa obediencia al Padre, en nombre de todos sus hermanos. Congregado para celebrarla, el Pueblo de Dios puede llenar con ella las exigencias fundamentales del culto: en ella adoramos a Dios, como único Señor de las cosas; le damos gracias por sus beneficios, le ofrecemos expiación por las culpas propias y ajenas; nos llenamos de nuevas gracia para el camino de la vida hasta que lleguemos a la casa del Padre.

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La eucaristía es el sacramento del amor de Dios.

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Hoy, Corpus Christi, recordamos y celebramos este amor de Dios de un modo especial. Aprovechemos y acojamos la generosidad de Dios. Comulguemos con un corazón nuevo, llenos de agradecimiento. Hagámonos en nuestra vida con los sentimientos mismos de Jesús, comulgar significa hacernos uno con Jesús, vivir como Jesús. Adoremos y glorifiquemos el misterio de la eucaristía, en ella está realmente el Señor que nos ama y nos salva, que nos cura y nos cuida. Veneremos de tal modo los misterios del Cuerpo y de la sangre de Jesús que experimentemos constantemente en nosotros los frutos de la redención. Así sea.

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Facundo López Sanjuán, párroco de La Asunción de Martos